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Creación Literaria

La mañana siguiente

. 3 minuto leído . Written by Brenda Aguado Laureano

Despiertas sin saber qué pasó la noche anterior, no sabes en dónde estás, todo está muy oscuro y te cuesta mucho trabajo poder levantarte. Al fin lo logras, caminas lento y confundido hacia lo que crees que es la salida. Sientes un potente olor a diferentes flores y plantas recién regadas por el rocío matutino, aún no consigues distinguir lo que hay a tu alrededor, pero te tropiezas una y otra vez con lo que parecen ser escalones que no llevan a ningún lado. ¿Será alguna especie de obra de arte moderno? Te paras en seco y piensas en qué fue lo último que hiciste antes de dormir. Si de nuevo te quedaste dormido en el museo es seguro que ahora sí van a correrte, y peor si ven que estás dando tumbos por toda la nueva exposición que probablemente aún no terminan de montar.

Parpadeas una, dos, tres, diez, quince… pierdes la cuenta de la cantidad de veces que cierras y abres los ojos con la esperanza de lograr ver el lugar en el que te encuentras, pero es inútil, pareciera como si todo el tiempo te apuntaran con un flash que no te permite ver dos pasos más allá de donde estás.

Te sientes ansioso, sabes que está pasando algo muy malo y no logras entender qué es. Si tan solo pudieras recordar qué pasó antes de dormir, si supieras en dónde estabas antes de visitar el mundo de los sueños. Ahora que lo piensas, tal vez sigues ahí, tal vez todo es tan extraño porque estás en medio de un sueño, debe ser una de esas experiencias tan vívidas que parecen ser reales. Nunca te había pasado algo así, pero dicen que siempre hay una primera vez para todo.

Decides comprobar si estás soñando o no y, al no disponer de la vista, te das cuenta de que tienes que dejar todo el trabajo al resto de tus sentidos, en cuanto descubras algo que no encaja en la realidad sabrás que se trata solo de un sueño y podrás despertar.

Respiras profundamente, el olor a flores sigue ahí, también huele a tierra húmeda y a cera de veladoras, te recuerda un poco al aroma de los domingos en los que tu madre te obligaba a asistir al catecismo, antes de que en la prepa te declararas ateo para siempre.

Tratas de escuchar lo que pasa a tu alrededor, suenan los árboles movidos por el viento, se escuchan algunas pisadas sobre las piedras, algunos cantos y voces lejanas entrecortadas. No entiendes a qué lugar corresponden esos sonidos y todo se vuelve peor con la presencia de esos extraños escalones. Tal vez, después de todo sí estás en el museo, a veces hacen exposiciones muy raras que no eres capaz de entender, puede ser que esta sea una de ellas, una de esas curadurías inmersivas y experimentales para las que aún no estás listo.

La falta de visión se vuelve cada vez más desesperante, necesitas saber en dónde estás, y sientes que cada paso que das te lleva aún más lejos de las respuestas, por lo que decides tratar de regresar al punto inicial.

Caminas nuevamente, mientras intentas recordar cada paso que diste para llegar a ese punto, si tienes suerte, podrás estar pronto de vuelta al inicio, y te obligas a creer que eso hará que todo vuelva a la normalidad.

Mientras caminas tratas de sentir todo lo que puedas con las manos, algunos escalones parecen tener recipientes de mármol o de cemento con flores en ellos, algunas secas, otras recién regadas, también parecen tener marcas como de símbolos o letras. Entre más dejas que tus manos exploren más aumenta tu ansiedad. Te cuesta trabajo respirar, pero decides seguir caminando hasta regresar al inicio.

Sigues tocando todo con tus manos y sientes algo diferente: cálido, peludo, que parece respirar lentamente. Al principio te asustas, pero pronto recuerdas esa sensación inconfundible “¡Pancho! ¿Eres tú?” Te diriges nervioso hacia donde está esa criatura peluda y, de pronto, sientes un enorme lengüetazo en la cara.

En un segundo la luz se atenúa, al fin empiezas a apreciar todo, las formas, los colores, en frente de ti se muestra el paisaje por el que vagabas. ¡Es un cementerio! Sientes un escalofrío por todo el cuerpo, Pancho aún te está viendo y tú tratas de mantener la vista en sus ojos y de jugar con él como lo haces siempre, pero es imposible, hay algo en la tumba sobre la que está echado que te llama a asomarte. Respiras con gran dificultad y lees:

Tu corazón late con fuerza, no puede ser, ahora estás seguro de que todo tiene que ser un sueño, un horrible sueño del que aún no consigues despertar. Pancho te lame de nuevo, tú lo rodeas con tus brazos con todas tus fuerzas y se duermen abrazados sobre ese lecho que ahora es tu nuevo hogar.