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Soledad

. 1 minuto leído . Written by Brenda Aguado Laureano

¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?

El susurro fue suave, casi imperceptible, pero con una fuerza con la que jamás había podido decir nada antes. Observó a su alrededor y se sentó lentamente sobre el pasto húmedo que lo rodeaba. Estaba solo.

Aún recordaba la voz serena de su hija corriendo por el jardín persiguiendo aves y mariposas, mientras les decía que se quedaran quietas para observarlas más de cerca.

No entendía que había pasado, un día amaneció como siempre, pero al despertar se dió cuenta de que estaba completamente solo. Corrió por toda la casa, pero Lucía no aparecía por ningún lado. Buscó hasta en la casita del jardín que habían construido juntos el año pasado, pero no había nadie.

Pasaron los días y los meses, pero no hubo señal alguna de su hija. Después de casi un año, su esperanza murió. Él no volvería a ver nunca a su pequeña Lucía y no soportaba seguir viviendo así.

Y ahí estaba ahora, no entendía por qué aquella bala no le había causado daño alguno, por qué podía sentarse de nuevo en aquel césped cubierto de sangre. Al fin entendió que ese dolor lo acompañaría por toda la eternidad. Lanzó con fuerza la pistola y lloró hasta que todo su alrededor se volvió borroso.

– Abuela... ¿Segura que papá está en un mejor lugar?

– Por supuesto, Lucía. Tu papá ahora está en un lugar hermoso, ahí no hay dolor ni sufrimiento. Estoy segura de que ahora mismo nos observa, con esa sonrisa hermosa que tenía y que desde allá arriba desea que tengas una vida maravillosa y plena.